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Titular
Por Joaquín Arroyo / © 2011

La máquina

La llegada

Un bullicio de mariposas negras arrastra un recuerdo olvidado. Hay un pasadizo que se hunde en el planeta. Un viejo dice que debe mostrarle el camino hacia la máquina y lo guía por una escalerilla enroscada y endeble. Han andado por horas entre túneles y López se siente cansado.

 A lo lejos, gigantesca y bestial como un monstruo marino, la máquina se yergue en el centro de la oscuridad. Hay mangueras y cables que van en todas direcciones. Hay motores eléctricos, máquinas de vapor y péndulos. Hay brújulas que se contradicen y hay monitores ciegos. Hay teclados mudos y hay algo como gritos en la oscuridad.

Sin motivo aparente, López recuerda la iglesia de un planeta donde vivió de niño y siente el impulso de postrarse.

El texto

Joaquín Arroyo es un autor desconocido de origen argentino cuyos aportes a la ficción contemporánea no son ni muy importantes ni muy frecuentes pero de vez en cuando se pueden leer sus desvaríos (es decir: sus desvaríos no son del todo ilegibles). El más notable entre ellos es el serial publicado en Gaucho Time, Las Crónicas del Arroyo el que muy pronto será reeditado y pegado en alguna parte de ésta página, no por sus grandes méritos literarios sino más bien porque necesitamos rellenar páginas.

Bibliotype

Esta página puede ser leída con Bibliotype. Una mejor forma de leer en línea.

- Impresionante, ¿no le parece? - dice el viejo, satisfecho -. Cuando yo era joven meditaba acerca de la máquina. Me preguntaba principalmente acerca de la razón de ser de la máquina. Hay quienes dicen que detrás de todo este sinsentido se oculta una verdad diáfana como la muerte. Pero ¿quién puede saberlo? Todas son conjeturas y teorías.

- No entiendo - dice López, asombrado -. ¿Para qué sirve la máquina?

- Eso nadie lo sabe, mi joven amigo. El profeta Efraín Sosa la construyó hace siglos, pero no se tomó el trabajo de escribir un manual de instrucciones. Hace más de treinta años que murió el último descendiente del creador y desde entonces la máquina ha sido un enigma. Muchos han querido desmantelarla o venderla. Otros han querido preservarla como monumento histórico. Han venido científicos de otros planetas y han escrito tratados acerca de la máquina. Un viejo nómade descubrió y demostró que la máquina tiene dos ojos electrónicos y que no basta con desenchufarla para desactivarla. Dos teólogos se basaron en estos estudios para sugerir la existencia de un tercer ojo y una posible alma trascendente... para decirlo de alguna manera.

López se acerca temeroso y observa con mucho cuidado. Piensa que ese laberinto parece más el capricho de algún artista que el diseño de un ingeniero. Siente la leve vibración de los motores y la respiración de las tuberías.

- ¿Para qué me ha traído hasta aquí?

- Un ateo dijo que la máquina simplemente funciona, pero que no obedece a ningún plan o función específica porque su creador estaba completamente loco. Afirma que es solo un conglomerado de nada y que toda teoría (incluso la suya propia) son espejismos en un mundo dejado de la mano de Dios.

Un crujido siniestro se levanta desde lo más profundo de la máquina. Algo gira en el piso y López retrocedo espantado. Un brazo mecánico sale de la oscuridad y se apodera del anciano. Hay luces que encandilan y luego una guillotina corta la cabeza del viejo. Todo sucede tan rápido que López no tiene tiempo de reaccionar.

- Esto también es pura casualidad - dice la cabeza del viejo desde el piso.

López desenfunda y dispara varias veces... pero la máquina es también inexpugnable.

El desierto

Dio varias vueltas en la arena hirviente. Vio el suelo, vio el cielo, vio piedras y pájaros espantados. A su derecha, el tren era un bólido que se alejaba a más de cien millas por hora. López quedó cegado por el resplandor de los soles y por un dolor punzante en su rodilla izquierda.

- ¿A quién se le ocurre saltar de un tren en movimiento? - preguntó una voz.

Era una emboscada, pensó López. No había escapatoria.

El ruido se alejaba incesante y sin saber por qué, López recordó una bestia bicéfala... Trató de incorporarse y la cabeza le dio un vuelco como si el planeta hubiera girado de golpe.

Apoyó la cabeza sobre una piedra y los recuerdos se agitaron como murciélagos en una jaula.

Primer encuentro

El amanecer era una línea pálida sobre el horizonte. Lo demás era silencio y una bruma que borraba el contorno de las cosas. El desierto se extendía inescrutable más allá de la noche. El Capitán López levantó el cuello de su chaqueta y consultó la brújula magnética. Iba a continuar la marcha cuando una bestia de dos cabezas apareció en la oscuridad.

- No se mueva - dijo el Capitán -. ¿Quién es usted?

- Soy una bestia de dos cabezas - dijo la bestia -. Mi nombre es Milton Gutiérrez. Necesitaba hablar con usted.

López sonrió, confundido. Pensó en desenfundar su arma láser pero sintió que estaba a punto de hacer el ridículo. La bestia estaba desarmada y su aspecto era inofensivo.

- Su misión peligra. Debo prevenirlo... - dijo Milton -. Este planeta no es lo que aparenta. ¿Quiere ver la Máquina?

- ¡Ahora no podemos mostrarle la máquina! - se quejó la segunda cabeza.

- En algún momento tendrá que ver la máquina.

El Capitán creyó reconocer los rostros de la bestia... ojerosos y cansados como si hubieran pasado la noche en vela.

- ¿Qué significa la máquina? - preguntó López, pero la bestia había desaparecido.

La habitación

Despertó en una habitación sin techo.

A su lado, una anciana de ojos oscuros leía el TV-Guía.

- ¿Dónde estoy?

- Es un lugar seguro - dijo ella, sin apartar la vista de la revista -. No tiene por qué alarmarse.

- Es una habitación sin techo - dijo López.

- Muy observador. Por lo que veo el golpe no le ha afectado el cerebro.

- ¿Dónde está la joven?

- Afuera. Los encontraron en el desierto.

- Soñé con una máquina sagrada.

- Es natural - dijo la anciana -. Esta bajo los efectos de las drogas.

- ¿Pero la máquina existe?

- Sí - dijo ella -. La Máquina del Profeta Efraín, un ingeniero que perdió el juicio. Este planeta le hace perder el juicio a cualquiera. La luz interminable de estos soles puede volver loco a cualquiera. Aquí los días duran treinta y seis horas y media. La existencia es lenta. Hasta las moscas se demoran en levantar vuelo.

- Tengo que hablar con la muchacha.

- No tiene por qué afligirse, Capitán. Todo el tiempo del universo se acumula en éste planeta olvidado. Solo así podremos esperar la muerte.

Segundo encuentro

La joven y la máquina

Despertó aturdido. Trató de incorporarse pero la cabeza le crujió como un engranaje de madera. Era la misma habitación, la misma cama. Más allá, la joven tecleaba en un ordenador.

- Me imagino que sabe lo que esta haciendo - dijo López, sin moverse.

- Trate de descansar - dijo ella concentrada-. Vamos a estar aquí por un tiempo.

López cerró los ojos y volvió a enfrentarse con una bestia de dos cabezas...

- Bienvenido a la máquina - dijo la bestia, mostrándole un pasillo que se perdía en la oscuridad

El Capitán se detuvo y desenfundó su arma láser.

- ¿Dónde está la máquina?

- Más adelante. Más allá de la oscuridad - dijo la bestia.

Al final del pasillo se escuchaba un murmullo siniestro. Era un lamento imperceptible que se adhería a las paredes y se arrastraba por el suelo como una cosa viva. López avanzó lentamente, tratando de ver más allá de las sombras pero era en vano. Una bombilla de cuarenta watts se escondía tras la penumbra.

- Si quiere podemos venir otro día - dijo la bestia -. Es natural tener miedo...

López avanzaba flotando en una bruma. Hubiera querido dar la vuelta y salir corriendo pero la máquina lo atraía.

- ¿Quiere que nos vayamos? - preguntó la segunda cabeza -. Podemos venir otro día...

El corredor se quebraba y descendía en una escalera caracol. Un aire tibio giraba entre los escalones que parecían ser una extensión de la máquina. En la base de la escalera una monja leía un libro de oraciones. Su túnica negra se confundía en la oscuridad y al principio López solo vio sus manos y su rostro.

Era una jovencita pálida que se consumía la vista en la lectura.

- Ya se ha hecho tarde - dijo la bestia, tomando al Capitán de un brazo -. Mejor nos vamos... En el camino le cuento algunas historias; la máquina no es gran cosa.

La muchacha levantó la vista y miró a López como pidiendo ayuda. Solo entonces el Capitán vio la cadena aferrada al tobillo de la jovencita.

- No entiendo... - dijo López, molesto.

- Hay muchas cosas que no entendemos - dijo Milton Gutiérrez -, hay veces que es mejor así.

El Capitán trató de descender pero la bestia lo tomó de una manga.

- ¡Por favor! - dijo la segunda cabeza y López vio el miedo en sus ojos -. No haga las cosas más difíciles de lo que son. Será mejor que nos vayamos.

- Pero esa jovencita...

- ¡Es su decisión! ¡Es su vida! - dijo la bestia.

El Capitán levantó su arma láser y le apuntó al pecho.

- No nos pongamos melodramáticos - dijo Milton Gutiérrez, con una mueca de fastidio -. A todos nos gustaría ir por ahí salvando doncellas en apuros, es natural. Sin embargo también hay que considerar la voluntad de la doncella.

- No sea torpe, Capitán - dijo la otra cabeza -. Esta joven ha pasado toda su vida anclada al pie de la escalera. ¿Qué pretende? ¿Quiere llevarla a la  superficie y mostrarle como vive la gente civilizada? ¿Y qué pasa si a la jovencita no le gusta la superficie y decide que quiere volver a este agujero? ¿Usted cree que volverá a ser feliz con su túnica y su libro de oraciones?

- En tardes como esta recordará los colores del arco iris - dijo Milton Gutiérrez -. A lo mejor comprenderá que las palabras en su libro se refieren a eso que una vez vio contra las montañas una mañana de sol y de lluvia. A lo mejor recordará los colores, las estaciones del año. Recordará noches y lunas y el olor de la comida en el mercado. Sabrá de la calma y de los azotes del viento pero, ¿será feliz? Esa es la pregunta que debemos responder.

- Es muy fácil ser un héroe, Capitán - dijo la otra cabeza -. Con su chaqueta de cuero y su arma láser... ser valiente y rescatar a esa jovencita de su mundo en blanco y negro. Lo verdaderamente difícil es aceptar el compromiso que ella acepta. ¿Quién puede amar algo y entregarse a eso por el resto de su vida? ¿Quién? Ciertamente usted no, Capitán.

Hidrocarburos líquidos

El Capitán hojeaba un libro en un idioma extraño.

- El motor consta de seis cilindros - dijo la joven, mostrándole los diagramas -, cada uno de los cuales tiene un pistón conectado a una biela y a un cigüeñal. Éste es el encargado de transformar en rotatorio el movimiento rectilíneo alternativo de los pistones. Luego, la transmisión comunica la energía desde el cigüeñal a las ruedas del vehículo.

López permanecía acodado en su silla y fumaba sin tregua. Atardecía y la luz del último de los soles tiñó la habitación de un manto como de terciopelo.

- Como combustible se utiliza gasolina - continuó la joven -, una mezcla de hidrocarburos líquidos obtenida de la destilación del petróleo. Este líquido se inflama y explota en el interior de los cilindros gracias a una bujía que produce chispas a intervalos regulares. Esta explosión es la que impulsa al pistón y la que permite que el vehiculo se desplace. ¿Para qué necesita saber todo esto?

- Es algo en que mantener la mente ocupada - dijo López, sin abrir los ojos.

- ¿Entonces podría ser cualquier cosa?

- No exactamente.

- No exactamente... - repitió ella, observándolo con cautela -. He oído historias acerca de usted, Capitán López.

- No debe creer en narrativas - dijo López -. Mi trabajo es por lo general monótono y una forma evitar el tedio es inventar historias.

- ¿Quiere decir que nada de lo que he oído es verdad?

- Digamos que por un lado está el mito del Capitán López y por otro estoy yo. Pocas veces somos la misma persona.

Por la ventana se colaba una brisa que acarreaba el murmullo del río… en los suburbios de un planeta extraño.

El vehículo

Hidrocarburos Líquidos

La joven se llamaba Diana y conducía un vehículo con motor de combustión interna. La nave, pensó López, parecía existir fuera del tiempo. Era una bestia arcaica que había escapado el paso de los siglos.

López había visto los esquemas, pero nada lo había preparado para la impresión que recibiría al día siguiente. El vehículo constataba de un armazón de metal rojo montado sobre cuatro ruedas de caucho inflado. La cabina era pequeña y tenía dos butacas en el frente y un sillón doble en la parte de atrás. El interior era mayormente de cuero y plástico con detalles en metal o madera. El lado del conductor tenía un tablero muy sencillo para monitorear la velocidad, la temperatura, el combustible, el nivel de aceite etc. También había un timón para guiar la máquina y en el suelo tres pedales: el acelerador, el freno y el embrague. Cuando salieron a un camino de tierra Diana le explicó la función del embrague y su relación con una palanca situada entre los asientos, pero para ese entonces el Capitán estaba completamente distraído. Solo sentir el motor de este vehículo (a no más de medio metro delante de ellos) explotando infinitas veces dentro de sí mismo, rugiendo como una animal cautivo, le causó escalofríos. Luego salieron a una carretera petrificada bajo el calor de los soles y las gomas crujieron contra el asfalto. La carrocería vibró levemente y López quedó pegado a la butaca a causa de la simple inercia.

Luego la velocidad, ¿cómo explicar la velocidad?

Para López, acostumbrado a los viajes interplanetarios y a las gigantescas astronaves, la velocidad se había convertido en un concepto abstracto... una noción lejana. En la máquina de Diana, en cambio, todo sucedía con la inmediatez del pensamiento. López se encontró paralizado por el vértigo; sabiendo que a veinte centímetros bajo sus pies el pavimento viajaba a noventa millas por hora y que lo único que lo separaba de una muerte segura era una simple estructura de metal.

Diana advirtió su pasmo y no bajó la velocidad en todo el camino.

 

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